Hoy resulta que Libia está al borde de la guerra civil, con el este del pais en manos del pueblo y el oeste en manos de Gadafi, que dice que piensa morir como un "martir" de Libia, pero leed la noticia:
Libia se encuentra al borde de la guerra civil. El este, bajo el control de los insurgentes y las ciudades de Tobruk y Bengasi Ajdabiya en la provincia de Cirenaica, contienen la respiración en espera de la respuesta anunciada por Gaddafi, quien anoche instó a sus seguidores a unirse.
Hablando en un discurso televisado, Gadafi se comprometió a luchar y morir como un "mártir" en suelo libio, al tiempo que la comunidad internacional pide el cese de la violencia.
Ya son varios centenares los muertos en el país, reconocidos incluso de manera oficial, y la zona se debate entre la revolución popular y la guerra civil, y en cualquiera de los casos presenta a EEUU y Europa a la espera de recoger una nueva presa en el Magreb.
Mientras tanto, el petróleo sigue al alza por la crisis libia, y las promesas tranquilizadoras de Arabia Saudita no calman los mercados.
Si no son canalizadas y amansadas por occidente, las revueltas de hoy en el norte de África podrían acabar contagiándose en el sur de Europa.
Lo mejor de la noticia es que da esperanzas de que de una vez Europa despierte y se rebele, xD!!!
En fin, Libia ahora mismo pende de un hilo, esperemos que salga bien y no haya guerra, que la comunida "internacional" convezca a Gadafi de que se largue (seguramente con pension vitalicia en algun pais de esos perdidos y super opacos)
miércoles, 23 de febrero de 2011
Libia al borde de la Guerra Civil
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Libia,
Norte de África
lunes, 21 de febrero de 2011
Ataque en Libia
Hoy ha ocurrido algo impactante, la verdad es que el mundo árabe cada vez me sorprende más, primero el ejército se une al pueblo (algo que aquí es impensable), y ahora se lian a bombazos contra la gente, si, han leido bien, a bombazos, resulta que hoy en Libia, mientras se sucedían manifestaciones como las de Egipto, Túnez, Argelia, Yemen, Marruecos, Arabia Saudí, Bahrein (donde, por cierto, han tenido que suspender el premio de F1 por las revueltas), Siria, Irán, Jordania, Argelia, etc... el ejército ha recibido la orden de bombardear la capital, Trípoli, y ellos, ni cortos ni perezosos, hallá que han ido, bombardeando la ciudad por barrios, eso si, tambien ha habido una parte del ejército que ha desertado y, o bien se ha ido del país, o se ha unido a los manifestantes.
Aqui la noticia:
Las peores amenazas pronunciadas por el régimen libio contra los manifestantes se cumplen. El Gobierno ha decidido responder al aumento de las protestas llevando su furia represora todavía más lejos. Al tiempo que se anunciaba en la televisión una operación contra "los terroristas", el Ejército ha iniciado un duro ataque en algunos barrios de Trípoli, ciudad en la que hoy se habían extendido las protestas contra Muamar el Gadafi, el dictador que dirige el país desde hace 42 años. En las calles de la capital hay cadáveres tirados y se escuchan disparos de artillería pesada, según ha podido constatar Efe. Varios testigos han relatado la participación en los ataques de la aviación, que ha abierto fuego real contra la multitud.
"Lo que estamos presenciando hoy es inimaginable. Aviones y helicópteros militares están bombardeando un barrio tras otro", ha asegurado Adel Mohamed Saleh, un hombre que se declara activista anti-Gadafi. Según Saleh, contactado telefónicamente por Reuters, los bombardeos se suceden "cada 20 minutos" y están produciendo "muchísimos muertos" (al menos han fallecido ya 250 personas, según la cadena catarí Al Yazira). Soula al Balaazi, otro activista opositor contactado por Reuters, ha asegurado que la aviación ha bombardeado "algunas posiciones en Trípoli". Aunque la impermeabilidad informativa del régimen libio impide confirmar de manera independiente esas informaciones, el Comité libio para la Verdad y la Justicia, una ONG con base en Suiza, ha asegurado que tenía informes provenientes de Libia en el mismo sentido e Italia ha puesto sus bases aéreas en alerta máxima. La comunidad internacional, con Naciones Unidas al frente, ha pedido el cese de la violencia en el mismo día en que varias empresas y países (EE UU, entre otros) han anunciado la evacuación del personal no esencial.
Dentro de la confusión que enmarca todo lo que está pasando en Libia, uno de los regímenes más herméticos del mundo árabe, dos cazas del Ejército libio han aterrizado esta tarde en la capital de Malta (a unos 350 kilómetros de Trípoli). El diario Times of Malta asegura que el aterrizaje de los dos Mirage monoplaza se ha producido después de que tomaran tierra, también en La Valletta, dos helicópteros civiles con siete personas a bordo que habían salido de Libia "sin autorización oficial" y aseguraban ser franceses (aunque sólo uno llevaba pasaporte). El Gobierno maltés ha señalado que los pilotos de los dos cazas son coroneles que han pedido asilo político. Han relatado que decidieron exiliarse tras recibir la orden de bombardear a los manifestantes. El Ministerio de Exteriores libio ha dicho que desconocía por qué dos aviones de sus Fuerzas Armadas estaban en La Valletta y ha aprovechado para desmentir los rumores que sitúan a Gadafi fuera de Libia. Horas antes, el ministro británico de Exteriores, William Hague, aseguraba tener informaciones de que el dictador libio podría abandonar el país rumbo a Venezuela.
Dimisión del ministro de Justicia
Mientras, la crisis social que vive Libia cala por momentos en el aparato político del cerrado régimen. El ministro de Justicia, Mustafá Abul Jalil, ha anunciado esta tarde su dimisión por su desacuerdo con la represión de los manifestantes. Aunque no se ha confirmado de manera oficial, el diario Quryna -que pertenece a un grupo mediático propiedad de Saif el Islam, uno de los hijos del dictador- ha sacado en su edición digital la noticia. Aseguran que sus periodistas se han puesto en contacto telefónico con el ministro de Justicia y que este les ha explicado su renuncia "para protestar por el uso excesivo de la fuerza", según recogen varias agencias de información.
Las amenazas vertidas precisamente por Saif el Islam contra la población en un mensaje televisado, en el que advertía del riesgo de una guerra civil si continuaban las protestas, no han aplacado la ira de los manifestantes que reclaman reformas democráticas en el país árabe. La revuelta se ha enconado este lunes en Bengasi, la segunda ciudad del país, y se ha extendido a Trípoli, bastión hasta ahora de los partidarios de Gadafi.
Varias agencias informan de que algunos edificios gubernamentales de la capital libia han sido pasto de las llamas esta mañana y que las sedes de la televisión y la radio públicas han sido saqueadas y quemadas por una turbamulta enfurecida esta pasada madrugada. "La Casa del Pueblo (Parlamento) está en llamas; los bomberos tratan de apagar el fuego", ha explicado un testigo citado por Reuters. Al Yazira informa de que la sede central del Gobierno libio y el edificio que alberga el Ministerio de Justicia en Trípoli también han sido incendiados. Mientras, las fuerzas del orden se retiraban prácticamente de las calles de la capital, según relata Reuters, que asegura que una comisaría de un barrio del este de la ciudad ha sido asaltada y calcinada.
En Bengasi, las principales arterias de la ciudad están bajo control de los manifestantes según el relato de testigos locales citados por Reuters. Cuentan con el apoyo de algunos militares, según esas mismas fuentes. Un diplomático libio ha asegurado a Al Yazira que algunos "oficiales" han retirado su apoyo a Gadafi y se han puesto de parte del pueblo. Según la Federación Internacional de Derechos Humanos (FIDH), que agrupa a 164 organizaciones y tiene su base en París, esta situación se ha extendido a otras localidades menores. Testimonios procedentes de los disidentes de Bengasi aseguran que los manifestantes también han tomado tanques y grandes cantidades de armas y municiones del Ejército según reconoció a su modo el hijo de Gadafi en el discurso. "Los criminales circulan incluso a bordo de blindados", dijo.
Mientras la revuelta en las calles cobra vigor, las críticas contra la represión ejercida por el régimen van en aumento. Mohamed Bayou, que hasta hace un mes ejercía de portavoz del Gobierno, ha dicho que el empleo de la violencia para frenar la revuelta es una decisión equivocada. En un comunicado que pone de relieve las primeras divergencias dentro de la élite gobernante en Libia (previo a la dimisión del ministro de Justicia), Bayou ha reclamado a Saif al-Islam Gaddafi que abra un diálogo con la oposición. "Espero que cambie su discurso y reconozca la existencia de una oposición interna. Que abra un diálogo con ellos para lograr cambios en el sistema libio", ha explicado este ex responsable.
Centenares de muertos
Al discurso del hijo de Gadafi le siguieron anoche tiros y muestras de descontento en Trípoli. La cadena BBC cita testigos en Trípoli que relatan duros enfrentamientos esta madrugada entre manifestantes antiubernamentales y simpatizantes del dictador. Las organizaciones de derechos humanos Human Rights Watch y Amnistía Internacional están actuando de portavoz de lo que ocurre en el país, bajo un régimen dictatorial desde hace 42 años. HRW maneja la única cifra con cierta vitola de oficialidad: 233 muertos y un millar de heridos. Pero la cifra podría ser más alta. Fuentes de un hospital de Bengasi han asegurado a Reuters que, sólo en ese centro sanitario, son más de 300 los fallecidos y la FIDH ha dicho que la cifra de muertos se sitúa entre los 300 y los 400.
Una revuelta contra Gadafi parecía imposible hace unos días. Más aún que esta alcanzara Trípoli, el feudo absoluto del general. Sin embargo, se extiende la impresión de que los jóvenes han comenzado a perder el miedo al régimen y han salido a la calle. La llamada plaza Verde se ha convertido en el centro de las manifestaciones. Un millar de personas se ha reunido allí y han sido disueltas a base de gases lacrimógenos.
El levantamiento continúa sobre todo en el este del país, y Gadafi sigue reprimiéndolas con fuego de mortero y ametralladoras. Las primeras imágenes que salen del país, vídeos caseros grabados por los propios manifestantes, muestran grupos armados persiguiendo a la gente y hombres cayendo por las balas. Ayer el descontento estalló en Musratha, (340.000 habitantes), la tercera ciudad después de Trípoli y de Bengasi. También se contagió a una importante tribu, Werfella, en un país en el que Gadafi gobierna desde hace cuatro décadas gracias a sutiles alianzas tribales.
En las ciudades orientales Al Bayda, Darna y Ajdabiya, parte de las fuerzas de seguridad se han pasado al lado de los manifestantes. Los familiares de las víctimas mortales del miércoles y del jueves, pensaron que ellos también podían confraternizar con las fuerzas de seguridad. Su excesiva confianza propició la peor matanza que se ha producido en Bengasi, narra un vecino de la ciudad que pide no difundir su identidad. Tras el entierro colectivo, los familiares de los muertos acudieron, el viernes al caer la noche, a la sede central de la policía. "¡Nosotros y las fuerzas del orden somos el mismo pueblo!", gritaban.
Un oficial de las fuerzas de seguridad salió del edificio, recuerda el vecino, y les dijo que sí, que "eran el mismo pueblo". Invitó a entrar a los que estaban en primera fila y cerró las puertas. "Mataron a 23 hombres", asegura. "Los difuntos tienen heridas de bala en la cabeza y en el pecho".
Como sucedió en El Cairo, en la plaza Tahrir, en Bengasi hay un lugar de protesta permanente. Es la plaza situada ante los juzgados, al norte de la ciudad. Allí llegaron a concentrarse hasta 30.000 personas, según el vecino de citado, pese al temor de ser acribillados a balazos. Por la noche siempre permanece un retén.
Aqui la noticia:
Las peores amenazas pronunciadas por el régimen libio contra los manifestantes se cumplen. El Gobierno ha decidido responder al aumento de las protestas llevando su furia represora todavía más lejos. Al tiempo que se anunciaba en la televisión una operación contra "los terroristas", el Ejército ha iniciado un duro ataque en algunos barrios de Trípoli, ciudad en la que hoy se habían extendido las protestas contra Muamar el Gadafi, el dictador que dirige el país desde hace 42 años. En las calles de la capital hay cadáveres tirados y se escuchan disparos de artillería pesada, según ha podido constatar Efe. Varios testigos han relatado la participación en los ataques de la aviación, que ha abierto fuego real contra la multitud.
Dentro de la confusión que enmarca todo lo que está pasando en Libia, uno de los regímenes más herméticos del mundo árabe, dos cazas del Ejército libio han aterrizado esta tarde en la capital de Malta (a unos 350 kilómetros de Trípoli). El diario Times of Malta asegura que el aterrizaje de los dos Mirage monoplaza se ha producido después de que tomaran tierra, también en La Valletta, dos helicópteros civiles con siete personas a bordo que habían salido de Libia "sin autorización oficial" y aseguraban ser franceses (aunque sólo uno llevaba pasaporte). El Gobierno maltés ha señalado que los pilotos de los dos cazas son coroneles que han pedido asilo político. Han relatado que decidieron exiliarse tras recibir la orden de bombardear a los manifestantes. El Ministerio de Exteriores libio ha dicho que desconocía por qué dos aviones de sus Fuerzas Armadas estaban en La Valletta y ha aprovechado para desmentir los rumores que sitúan a Gadafi fuera de Libia. Horas antes, el ministro británico de Exteriores, William Hague, aseguraba tener informaciones de que el dictador libio podría abandonar el país rumbo a Venezuela.
Dimisión del ministro de Justicia
Mientras, la crisis social que vive Libia cala por momentos en el aparato político del cerrado régimen. El ministro de Justicia, Mustafá Abul Jalil, ha anunciado esta tarde su dimisión por su desacuerdo con la represión de los manifestantes. Aunque no se ha confirmado de manera oficial, el diario Quryna -que pertenece a un grupo mediático propiedad de Saif el Islam, uno de los hijos del dictador- ha sacado en su edición digital la noticia. Aseguran que sus periodistas se han puesto en contacto telefónico con el ministro de Justicia y que este les ha explicado su renuncia "para protestar por el uso excesivo de la fuerza", según recogen varias agencias de información.
Las amenazas vertidas precisamente por Saif el Islam contra la población en un mensaje televisado, en el que advertía del riesgo de una guerra civil si continuaban las protestas, no han aplacado la ira de los manifestantes que reclaman reformas democráticas en el país árabe. La revuelta se ha enconado este lunes en Bengasi, la segunda ciudad del país, y se ha extendido a Trípoli, bastión hasta ahora de los partidarios de Gadafi.
Varias agencias informan de que algunos edificios gubernamentales de la capital libia han sido pasto de las llamas esta mañana y que las sedes de la televisión y la radio públicas han sido saqueadas y quemadas por una turbamulta enfurecida esta pasada madrugada. "La Casa del Pueblo (Parlamento) está en llamas; los bomberos tratan de apagar el fuego", ha explicado un testigo citado por Reuters. Al Yazira informa de que la sede central del Gobierno libio y el edificio que alberga el Ministerio de Justicia en Trípoli también han sido incendiados. Mientras, las fuerzas del orden se retiraban prácticamente de las calles de la capital, según relata Reuters, que asegura que una comisaría de un barrio del este de la ciudad ha sido asaltada y calcinada.
En Bengasi, las principales arterias de la ciudad están bajo control de los manifestantes según el relato de testigos locales citados por Reuters. Cuentan con el apoyo de algunos militares, según esas mismas fuentes. Un diplomático libio ha asegurado a Al Yazira que algunos "oficiales" han retirado su apoyo a Gadafi y se han puesto de parte del pueblo. Según la Federación Internacional de Derechos Humanos (FIDH), que agrupa a 164 organizaciones y tiene su base en París, esta situación se ha extendido a otras localidades menores. Testimonios procedentes de los disidentes de Bengasi aseguran que los manifestantes también han tomado tanques y grandes cantidades de armas y municiones del Ejército según reconoció a su modo el hijo de Gadafi en el discurso. "Los criminales circulan incluso a bordo de blindados", dijo.
Mientras la revuelta en las calles cobra vigor, las críticas contra la represión ejercida por el régimen van en aumento. Mohamed Bayou, que hasta hace un mes ejercía de portavoz del Gobierno, ha dicho que el empleo de la violencia para frenar la revuelta es una decisión equivocada. En un comunicado que pone de relieve las primeras divergencias dentro de la élite gobernante en Libia (previo a la dimisión del ministro de Justicia), Bayou ha reclamado a Saif al-Islam Gaddafi que abra un diálogo con la oposición. "Espero que cambie su discurso y reconozca la existencia de una oposición interna. Que abra un diálogo con ellos para lograr cambios en el sistema libio", ha explicado este ex responsable.
Centenares de muertos
Al discurso del hijo de Gadafi le siguieron anoche tiros y muestras de descontento en Trípoli. La cadena BBC cita testigos en Trípoli que relatan duros enfrentamientos esta madrugada entre manifestantes antiubernamentales y simpatizantes del dictador. Las organizaciones de derechos humanos Human Rights Watch y Amnistía Internacional están actuando de portavoz de lo que ocurre en el país, bajo un régimen dictatorial desde hace 42 años. HRW maneja la única cifra con cierta vitola de oficialidad: 233 muertos y un millar de heridos. Pero la cifra podría ser más alta. Fuentes de un hospital de Bengasi han asegurado a Reuters que, sólo en ese centro sanitario, son más de 300 los fallecidos y la FIDH ha dicho que la cifra de muertos se sitúa entre los 300 y los 400.
Una revuelta contra Gadafi parecía imposible hace unos días. Más aún que esta alcanzara Trípoli, el feudo absoluto del general. Sin embargo, se extiende la impresión de que los jóvenes han comenzado a perder el miedo al régimen y han salido a la calle. La llamada plaza Verde se ha convertido en el centro de las manifestaciones. Un millar de personas se ha reunido allí y han sido disueltas a base de gases lacrimógenos.
El levantamiento continúa sobre todo en el este del país, y Gadafi sigue reprimiéndolas con fuego de mortero y ametralladoras. Las primeras imágenes que salen del país, vídeos caseros grabados por los propios manifestantes, muestran grupos armados persiguiendo a la gente y hombres cayendo por las balas. Ayer el descontento estalló en Musratha, (340.000 habitantes), la tercera ciudad después de Trípoli y de Bengasi. También se contagió a una importante tribu, Werfella, en un país en el que Gadafi gobierna desde hace cuatro décadas gracias a sutiles alianzas tribales.
En las ciudades orientales Al Bayda, Darna y Ajdabiya, parte de las fuerzas de seguridad se han pasado al lado de los manifestantes. Los familiares de las víctimas mortales del miércoles y del jueves, pensaron que ellos también podían confraternizar con las fuerzas de seguridad. Su excesiva confianza propició la peor matanza que se ha producido en Bengasi, narra un vecino de la ciudad que pide no difundir su identidad. Tras el entierro colectivo, los familiares de los muertos acudieron, el viernes al caer la noche, a la sede central de la policía. "¡Nosotros y las fuerzas del orden somos el mismo pueblo!", gritaban.
Un oficial de las fuerzas de seguridad salió del edificio, recuerda el vecino, y les dijo que sí, que "eran el mismo pueblo". Invitó a entrar a los que estaban en primera fila y cerró las puertas. "Mataron a 23 hombres", asegura. "Los difuntos tienen heridas de bala en la cabeza y en el pecho".
Como sucedió en El Cairo, en la plaza Tahrir, en Bengasi hay un lugar de protesta permanente. Es la plaza situada ante los juzgados, al norte de la ciudad. Allí llegaron a concentrarse hasta 30.000 personas, según el vecino de citado, pese al temor de ser acribillados a balazos. Por la noche siempre permanece un retén.
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Revoluciones
domingo, 20 de febrero de 2011
Egipto: los movimientos sociales, la CIA y el Mossad
Hoy me he encontrado con un texto muy interesante que cuenta el porqué de las revueltas en Egipto y los grandes fallos de los EE.UU:
James Petras
Rebelión
http://www.rebelion.org/noticia.php?id=122735
Traducido por S. Seguí
Los límites de los movimientos sociales
Los movimientos de masas que obligaron a la retirada de Mubarak revelan a la vez la fortaleza y las debilidades de los levantamientos espontáneos.
Por una parte, los movimientos sociales han demostrado su capacidad para movilizar a cientos de miles de personas, quizás millones, en una exitosa lucha sostenida que culminó con el derrocamiento del dictador de una manera que los partidos de oposición y las personalidades preexistentes no pudieron o no quisieron hacer.
En cambio, por otra parte, a falta de un liderazgo político nacional, los movimientos no fueron capaces de tomar el poder político y hacer realidad sus demandas, lo que permitió a los altos mandos militares de Mubarak tomar el poder y definir el post mubarakismo, garantizando la continuidad de la subordinación de Egipto a los EE.UU., la protección de la riqueza ilícita del clan Mubarak (70 millones de dólares), el mantenimiento de las numerosas empresas en propiedad de la élite militar y la protección de las clases altas.
Los millones de personas movilizados por los movimientos sociales para derrocar a la dictadura han sido excluidos en la práctica por la nueva junta militar, autoproclamada “revolucionaria”, a la hora de definir las instituciones y las políticas, por no hablar de las reformas socioeconómicas necesarias para atender las necesidades básicas de la población (el 40% de la población vive con menos de dos dólares al día y el desempleo juvenil asciende a más de 30%). Egipto, como en el caso de los movimientos sociales y estudiantiles populares contra las dictaduras de Corea del Sur, Taiwán, Filipinas e Indonesia, es una demostración de que la falta de una organización política de ámbito estatal permite que personajes neoliberales y conservadores “de oposición” reemplacen al régimen. Estos personajes proceden a establecer un régimen electoral que continúe sirviendo a los intereses imperiales dependientes y defienda el aparato estatal existente. En algunos casos, sustituyen a los viejos compinches capitalistas por otros de nuevo cuño. No es casual que los medios de comunicación alaben la “espontánea” naturaleza de las luchas (no las demandas socioeconómicas) y presenten bajo una luz favorable el papel de los militares (sin tener en cuenta los 30 años en los que han sido un baluarte de la dictadura). Las masas son alabadas por su “heroísmo” y los jóvenes por su “idealismo”, pero en ningún caso se les reconoce como actores políticos centrales en el nuevo régimen. Una vez caída la dictadura, los militares y la oposición electoralista “celebraron” el éxito de la revolución y se movieron rápidamente para desmovilizar y desmantelar el movimiento espontáneo, con el fin de dar paso a las negociaciones entre los políticos liberales electoralistas, Washington y la élite militar en el poder.
Mientras la Casa Blanca puede tolerar o incluso fomentar movimientos sociales que conduzcan al derrocamiento (“sacrificio”) de las dictaduras, tienen todo el interés en preservar el Estado. En el caso de Egipto, el principal aliado estratégico del imperialismo de EE.UU., no es Mubarak, es el ejército, con el que Washington ha estado en constante colaboración antes, durante y después del derrocamiento de Mubarak, asegurándose que la “transición” a la democracia (sic) garantice la permanente subordinación de Egipto a los intereses y las políticas para Oriente Próximo de EE.UU. e Israel.
La rebelión del pueblo: los fracasos de la CIA y el Mossad
La revuelta árabe demuestra una vez más varios fallos estratégicos en instituciones tan cacareadas como la policía secreta, las fuerzas especiales y las agencias de inteligencia de EE.UU., así como en el aparato estatal israelí, ninguno de los cuales fue capaz de prever, no digamos ya intervenir, para evitar esta exitosa movilización e influir en las políticas de sus gobiernos hacia los gobernantes lacayos que estaban en peligro.
La imagen que la mayoría de escritores, académicos y periodistas proyectan de la imbatibilidad del Mossad israelí y de la omnipotente CIA ha sido sometida a una dura prueba, con su fracaso en reconocer el alcance, la profundidad y la intensidad del movimiento de millones de personas que ha derrocado la dictadura de Mubarak. El Mossad, orgullo y alegría de los productores de Hollywood, presentado como un “modelo de eficiencia” por sus bien organizados compañeros de viaje sionistas, no fue capaz de detectar el crecimiento de un movimiento de masas en un país vecino. El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, se mostró sorprendido (y consternado) por la precaria situación de Mubarak y el colapso de su cliente árabe más prominente, precisamente a causa de errores de inteligencia del Mossad. Del mismo modo, a Washington, con sus 27 organismos de inteligencia además del Pentágono, lo pillaron desprevenido, a pesar de los centenares de miles de agentes pagados y sus presupuestos de miles de millones de dólares, los masivos levantamientos populares y los movimientos emergentes.
Varias observaciones teóricas se imponen. Se ha demostrado que la idea de unos gobernantes ferozmente represivos que reciben miles de millones de dólares de ayuda militar de EE.UU. y que cuentan con cerca de un millón de policías, militares y paramilitares para garantizar la hegemonía imperial no es infalible. La suposición de que mantener vínculos a gran escala y largo plazo con tales gobernantes dictatoriales salvaguarda los intereses imperiales de EE.UU. ha sido refutada.
El globo de la arrogancia de Israel y la presunción de superioridad judía en materia de organización, estrategia y política sobre “los árabes”, ha sido seriamente pinchado. El Estado de Israel, sus expertos, sus agentes encubiertos y sus académicos de las mejores universidades estadounidenses permanecieron ciegos a las realidades emergentes, ignorantes de la profundidad del descontento e impotentes para evitar la oposición masiva a sus clientes más valiosos. Los publicistas de Israel en EE.UU., que no suelen resistirse a cualquier oportunidad de glosar la “brillantez” de las fuerzas de seguridad de Israel tanto si se trata de asesinar a un líder árabe en Líbano o Dubai o bombardear una instalación militar en Siria, se quedaron temporalmente sin habla.
La caída de Mubarak y el posible surgimiento de un gobierno independiente y democrático significarían que Israel podría perder su principal aliado policial. Una opinión pública democrática no va a cooperar con Israel en el mantenimiento del bloqueo de Gaza ni condenar a los palestinos a morir de hambre para quebrar su voluntad de resistir. Israel no podrá contar con un gobierno democrático para respaldar sus violentas ocupaciones de tierras en Cisjordania y su régimen títere palestino. Tampoco podría contar EE.UU. con un Egipto democrático para respaldar sus intrigas en Líbano, sus guerras en Iraq y Afganistán o sus sanciones contra Irán. Por otra parte, el levantamiento de Egipto ha servido de ejemplo para otros movimientos populares contrarios a otras dictaduras clientes de EE.UU. en Jordania, Yemen y Arabia Saudí. Por todas estas razones, Washington apoyó el golpe militar con el fin de dar forma a una transición política de acuerdo con su gusto y sus intereses imperiales.
El debilitamiento del principal pilar del poder imperial de EE.UU. y del poder colonial israelí en el Norte de África y Oriente Próximo ponen de manifiesto el papel esencial de los regímenes colaboradores del Imperio. El carácter dictatorial de estos regímenes es un resultado directo del papel que desempeñan en defensa de los intereses imperiales. Y los grandes paquetes de ayuda militar que corrompen y enriquecen a las élites dominantes son las recompensas por su buena disposición a colaborar con los estados imperiales y coloniales. Dada la importancia estratégica de la dictadura egipcia, ¿cómo explicar el fracaso de las agencias de inteligencia de EE.UU. e Israel para anticipar las revueltas?
Tanto la CIA como el Mossad colaboraron estrechamente con los servicios secretos de Egipto y se basaron en ellos para su información, confiando en sus conformistas informes, según los cuales todo estaba bajo control. Los partidos de oposición son débiles, están diezmados por la infiltración y la represión, sus militantes languidecen en la cárcel o sufren fatales “ataques al corazón” a causa de severas “técnicas de interrogatorio”, afirmaban. Las elecciones fueron manipuladas para elegir a los clientes de EE.UU. e Israel, de modo que no hubiera sorpresas democráticas en el horizonte inmediato o a medio plazo.
Los servicios secretos egipcios son entrenados y financiados por agentes israelíes y estadounidenses, y tienen una natural tendencia a complacer la voluntad de sus amos. Eran tan obedientes para producir informes que complacieran a sus mentores, que ignoraban cualquier información sobre un creciente malestar popular o la agitación vía Internet. La CIA y el Mossad estaban tan incrustados en el vasto aparato de seguridad de Mubarak que fueron incapaces de obtener cualquier otra información sobre los movimientos populares, descentralizados y florecientes, todos ellos movimientos independientes de la oposición electoral tradicional que controlaban.
Cuando los movimientos de masas extraparlamentarios estallaron, el Mossad y la CIA contaban con el aparato estatal de Mubarak para tomar el control a través de la típica operación de la zanahoria y el palo: dar concesiones simbólicas transitorias y sacar a la calle al ejército, la policía y los escuadrones de la muerte. A medida que el movimiento crecía de decenas de miles a cientos de miles y a millones de personas, el Mossad y los principales congresistas estadounidenses partidarios de Israel instaban a Mubarak a “aguantar”. La CIA se limitó a presentar a la Casa Blanca los perfiles políticos de funcionarios militares fiables y de personajes políticos flexibles, “de transición”, dispuestos a seguir los pasos de Mubarak. Una vez más, la CIA y el Mossad demostraron su dependencia del aparato estatal egipcio para conseguir información sobre quién podría representar una alternativa viable pro estadounidense e israelí, haciendo caso omiso de las exigencias elementales de las masas. El intento de cooptar a la vieja guardia electoralista de los Hermanos Musulmanes a través de negociaciones con el vicepresidente general Omar Suleiman fracasó, en parte debido a que los Hermanos Musulmanes no tenían el control del movimiento y en parte debido a que Israel y sus seguidores estadounidenses se opusieron. Por otra parte, el ala juvenil de los Hermanos presionó para que la organización se retirara de las negociaciones.
Los fallos en materia de inteligencia complicaron los esfuerzos de Washington y Tel Aviv de sacrificar el régimen dictatorial para salvar el Estado: ni la CIA ni el Mossad tenían vínculos con ninguno de los nuevos líderes emergentes. Los israelíes no pudieron hallar ningún “nuevo rostro” que tuviera un seguimiento popular y que estuviera dispuesto a desempeñar el poco decoroso papel de colaborador de la opresión colonial. La CIA había estado totalmente comprometida en el uso de los servicios secretos egipcios para torturar a sospechosos de terrorismo (las “entregas extraordinarias”) y en la vigilancia de los países árabes vecinos. Como resultado, tanto Washington como Israel buscaron y promovieron el golpe militar para adelantarse a una mayor radicalización.
En última instancia el fracaso de la CIA y el Mossad para detectar y prevenir el surgimiento del movimiento democrático popular pone de manifiesto la precariedad de las bases del poder imperial y colonial. A largo plazo, no son las armas, los miles de millones de dólares, la policía secreta, ni las cámaras de tortura las que deciden la historia. Las revoluciones democráticas se producen cuando la gran mayoría de un pueblo se alza y dice “basta”, toma las calles, paraliza la economía, desmantela el Estado autoritario y exige libertad e instituciones democráticas sin la tutela imperial o la sumisión colonial.
Parece ser que EE.UU. está de capa caida, ojalá sea su fin como potencia imperialista, opresora y explotadora.
James Petras
Rebelión
http://www.rebelion.org/noticia.php?id=122735
Traducido por S. Seguí
Los límites de los movimientos sociales
Los movimientos de masas que obligaron a la retirada de Mubarak revelan a la vez la fortaleza y las debilidades de los levantamientos espontáneos.
Por una parte, los movimientos sociales han demostrado su capacidad para movilizar a cientos de miles de personas, quizás millones, en una exitosa lucha sostenida que culminó con el derrocamiento del dictador de una manera que los partidos de oposición y las personalidades preexistentes no pudieron o no quisieron hacer.
En cambio, por otra parte, a falta de un liderazgo político nacional, los movimientos no fueron capaces de tomar el poder político y hacer realidad sus demandas, lo que permitió a los altos mandos militares de Mubarak tomar el poder y definir el post mubarakismo, garantizando la continuidad de la subordinación de Egipto a los EE.UU., la protección de la riqueza ilícita del clan Mubarak (70 millones de dólares), el mantenimiento de las numerosas empresas en propiedad de la élite militar y la protección de las clases altas.
Los millones de personas movilizados por los movimientos sociales para derrocar a la dictadura han sido excluidos en la práctica por la nueva junta militar, autoproclamada “revolucionaria”, a la hora de definir las instituciones y las políticas, por no hablar de las reformas socioeconómicas necesarias para atender las necesidades básicas de la población (el 40% de la población vive con menos de dos dólares al día y el desempleo juvenil asciende a más de 30%). Egipto, como en el caso de los movimientos sociales y estudiantiles populares contra las dictaduras de Corea del Sur, Taiwán, Filipinas e Indonesia, es una demostración de que la falta de una organización política de ámbito estatal permite que personajes neoliberales y conservadores “de oposición” reemplacen al régimen. Estos personajes proceden a establecer un régimen electoral que continúe sirviendo a los intereses imperiales dependientes y defienda el aparato estatal existente. En algunos casos, sustituyen a los viejos compinches capitalistas por otros de nuevo cuño. No es casual que los medios de comunicación alaben la “espontánea” naturaleza de las luchas (no las demandas socioeconómicas) y presenten bajo una luz favorable el papel de los militares (sin tener en cuenta los 30 años en los que han sido un baluarte de la dictadura). Las masas son alabadas por su “heroísmo” y los jóvenes por su “idealismo”, pero en ningún caso se les reconoce como actores políticos centrales en el nuevo régimen. Una vez caída la dictadura, los militares y la oposición electoralista “celebraron” el éxito de la revolución y se movieron rápidamente para desmovilizar y desmantelar el movimiento espontáneo, con el fin de dar paso a las negociaciones entre los políticos liberales electoralistas, Washington y la élite militar en el poder.
Mientras la Casa Blanca puede tolerar o incluso fomentar movimientos sociales que conduzcan al derrocamiento (“sacrificio”) de las dictaduras, tienen todo el interés en preservar el Estado. En el caso de Egipto, el principal aliado estratégico del imperialismo de EE.UU., no es Mubarak, es el ejército, con el que Washington ha estado en constante colaboración antes, durante y después del derrocamiento de Mubarak, asegurándose que la “transición” a la democracia (sic) garantice la permanente subordinación de Egipto a los intereses y las políticas para Oriente Próximo de EE.UU. e Israel.
La rebelión del pueblo: los fracasos de la CIA y el Mossad
La revuelta árabe demuestra una vez más varios fallos estratégicos en instituciones tan cacareadas como la policía secreta, las fuerzas especiales y las agencias de inteligencia de EE.UU., así como en el aparato estatal israelí, ninguno de los cuales fue capaz de prever, no digamos ya intervenir, para evitar esta exitosa movilización e influir en las políticas de sus gobiernos hacia los gobernantes lacayos que estaban en peligro.
La imagen que la mayoría de escritores, académicos y periodistas proyectan de la imbatibilidad del Mossad israelí y de la omnipotente CIA ha sido sometida a una dura prueba, con su fracaso en reconocer el alcance, la profundidad y la intensidad del movimiento de millones de personas que ha derrocado la dictadura de Mubarak. El Mossad, orgullo y alegría de los productores de Hollywood, presentado como un “modelo de eficiencia” por sus bien organizados compañeros de viaje sionistas, no fue capaz de detectar el crecimiento de un movimiento de masas en un país vecino. El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, se mostró sorprendido (y consternado) por la precaria situación de Mubarak y el colapso de su cliente árabe más prominente, precisamente a causa de errores de inteligencia del Mossad. Del mismo modo, a Washington, con sus 27 organismos de inteligencia además del Pentágono, lo pillaron desprevenido, a pesar de los centenares de miles de agentes pagados y sus presupuestos de miles de millones de dólares, los masivos levantamientos populares y los movimientos emergentes.
Varias observaciones teóricas se imponen. Se ha demostrado que la idea de unos gobernantes ferozmente represivos que reciben miles de millones de dólares de ayuda militar de EE.UU. y que cuentan con cerca de un millón de policías, militares y paramilitares para garantizar la hegemonía imperial no es infalible. La suposición de que mantener vínculos a gran escala y largo plazo con tales gobernantes dictatoriales salvaguarda los intereses imperiales de EE.UU. ha sido refutada.
El globo de la arrogancia de Israel y la presunción de superioridad judía en materia de organización, estrategia y política sobre “los árabes”, ha sido seriamente pinchado. El Estado de Israel, sus expertos, sus agentes encubiertos y sus académicos de las mejores universidades estadounidenses permanecieron ciegos a las realidades emergentes, ignorantes de la profundidad del descontento e impotentes para evitar la oposición masiva a sus clientes más valiosos. Los publicistas de Israel en EE.UU., que no suelen resistirse a cualquier oportunidad de glosar la “brillantez” de las fuerzas de seguridad de Israel tanto si se trata de asesinar a un líder árabe en Líbano o Dubai o bombardear una instalación militar en Siria, se quedaron temporalmente sin habla.
La caída de Mubarak y el posible surgimiento de un gobierno independiente y democrático significarían que Israel podría perder su principal aliado policial. Una opinión pública democrática no va a cooperar con Israel en el mantenimiento del bloqueo de Gaza ni condenar a los palestinos a morir de hambre para quebrar su voluntad de resistir. Israel no podrá contar con un gobierno democrático para respaldar sus violentas ocupaciones de tierras en Cisjordania y su régimen títere palestino. Tampoco podría contar EE.UU. con un Egipto democrático para respaldar sus intrigas en Líbano, sus guerras en Iraq y Afganistán o sus sanciones contra Irán. Por otra parte, el levantamiento de Egipto ha servido de ejemplo para otros movimientos populares contrarios a otras dictaduras clientes de EE.UU. en Jordania, Yemen y Arabia Saudí. Por todas estas razones, Washington apoyó el golpe militar con el fin de dar forma a una transición política de acuerdo con su gusto y sus intereses imperiales.
El debilitamiento del principal pilar del poder imperial de EE.UU. y del poder colonial israelí en el Norte de África y Oriente Próximo ponen de manifiesto el papel esencial de los regímenes colaboradores del Imperio. El carácter dictatorial de estos regímenes es un resultado directo del papel que desempeñan en defensa de los intereses imperiales. Y los grandes paquetes de ayuda militar que corrompen y enriquecen a las élites dominantes son las recompensas por su buena disposición a colaborar con los estados imperiales y coloniales. Dada la importancia estratégica de la dictadura egipcia, ¿cómo explicar el fracaso de las agencias de inteligencia de EE.UU. e Israel para anticipar las revueltas?
Tanto la CIA como el Mossad colaboraron estrechamente con los servicios secretos de Egipto y se basaron en ellos para su información, confiando en sus conformistas informes, según los cuales todo estaba bajo control. Los partidos de oposición son débiles, están diezmados por la infiltración y la represión, sus militantes languidecen en la cárcel o sufren fatales “ataques al corazón” a causa de severas “técnicas de interrogatorio”, afirmaban. Las elecciones fueron manipuladas para elegir a los clientes de EE.UU. e Israel, de modo que no hubiera sorpresas democráticas en el horizonte inmediato o a medio plazo.
Los servicios secretos egipcios son entrenados y financiados por agentes israelíes y estadounidenses, y tienen una natural tendencia a complacer la voluntad de sus amos. Eran tan obedientes para producir informes que complacieran a sus mentores, que ignoraban cualquier información sobre un creciente malestar popular o la agitación vía Internet. La CIA y el Mossad estaban tan incrustados en el vasto aparato de seguridad de Mubarak que fueron incapaces de obtener cualquier otra información sobre los movimientos populares, descentralizados y florecientes, todos ellos movimientos independientes de la oposición electoral tradicional que controlaban.
Cuando los movimientos de masas extraparlamentarios estallaron, el Mossad y la CIA contaban con el aparato estatal de Mubarak para tomar el control a través de la típica operación de la zanahoria y el palo: dar concesiones simbólicas transitorias y sacar a la calle al ejército, la policía y los escuadrones de la muerte. A medida que el movimiento crecía de decenas de miles a cientos de miles y a millones de personas, el Mossad y los principales congresistas estadounidenses partidarios de Israel instaban a Mubarak a “aguantar”. La CIA se limitó a presentar a la Casa Blanca los perfiles políticos de funcionarios militares fiables y de personajes políticos flexibles, “de transición”, dispuestos a seguir los pasos de Mubarak. Una vez más, la CIA y el Mossad demostraron su dependencia del aparato estatal egipcio para conseguir información sobre quién podría representar una alternativa viable pro estadounidense e israelí, haciendo caso omiso de las exigencias elementales de las masas. El intento de cooptar a la vieja guardia electoralista de los Hermanos Musulmanes a través de negociaciones con el vicepresidente general Omar Suleiman fracasó, en parte debido a que los Hermanos Musulmanes no tenían el control del movimiento y en parte debido a que Israel y sus seguidores estadounidenses se opusieron. Por otra parte, el ala juvenil de los Hermanos presionó para que la organización se retirara de las negociaciones.
Los fallos en materia de inteligencia complicaron los esfuerzos de Washington y Tel Aviv de sacrificar el régimen dictatorial para salvar el Estado: ni la CIA ni el Mossad tenían vínculos con ninguno de los nuevos líderes emergentes. Los israelíes no pudieron hallar ningún “nuevo rostro” que tuviera un seguimiento popular y que estuviera dispuesto a desempeñar el poco decoroso papel de colaborador de la opresión colonial. La CIA había estado totalmente comprometida en el uso de los servicios secretos egipcios para torturar a sospechosos de terrorismo (las “entregas extraordinarias”) y en la vigilancia de los países árabes vecinos. Como resultado, tanto Washington como Israel buscaron y promovieron el golpe militar para adelantarse a una mayor radicalización.
En última instancia el fracaso de la CIA y el Mossad para detectar y prevenir el surgimiento del movimiento democrático popular pone de manifiesto la precariedad de las bases del poder imperial y colonial. A largo plazo, no son las armas, los miles de millones de dólares, la policía secreta, ni las cámaras de tortura las que deciden la historia. Las revoluciones democráticas se producen cuando la gran mayoría de un pueblo se alza y dice “basta”, toma las calles, paraliza la economía, desmantela el Estado autoritario y exige libertad e instituciones democráticas sin la tutela imperial o la sumisión colonial.
Parece ser que EE.UU. está de capa caida, ojalá sea su fin como potencia imperialista, opresora y explotadora.
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